¡GRACIAS, RAFAEL!

Se te acabó el sufrimiento. Ya no más pruebas médicas, ni más lágrimas amargas. Has dejado ese hueco de soledad que dejan los hombres grandes como tú. Te llevas una parte importante de mi corazón pero me dejas un mundo de bellos recuerdos.

En estos momentos de fuego y dolor solo las felices experiencias que hemos compartido son capaces de neutralizar tanta desazón y tanto desconsuelo. Y en ellas quiero rebozarme para volver a sonreír con tus ironías, tus chistes, tus invitaciones, los viajes en moto, los paseos en bici, las interminables tardes de pesca, tus sabios consejos y el cariño que tú (y toda tu familia) nos habéis dado siempre.

Me hace muy feliz darte de nuevo las gracias por los mil favores de todo tipo que me has hecho, por lo que me has ayudado personal y profesionalmente, por todo lo que he aprendido de ti. Has sido una pieza clave en mi vida, esa que solo algunos afortunados podemos contar con los dedos de una mano, has sido un verdadero amigo.

Rafael, te quiero. Fui el primero en enterarme de tu enfermedad porque así tú lo quisiste. Ese día, cuando no me veías, las lágrimas de rabia e incomprensión invadían mis ojos; igual que ahora, que casi me impiden poder escribirte estas líneas de profundo agradecimiento.

Te quiero Rafael, y aunque eres un cabrón por haberte ido tan pronto, te perdono porque has dejado un racimo de buenos hijos, nueras, yernos y maravillosos nietos alrededor de una excepcional esposa que, afortunadamente, nos seguirán haciendo felices cuando nos acerquemos a ellos.

Rafa, Rafael, D. Rafael... DESCANSA EN PAZ.


P. D.: No me olvides...
DE PESCA CON MI AMIGO RAFAEL, COMO SIEMPRE, MUY FELIZ

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